jueves, 5 de noviembre de 2015

Black Mass: Estrictamente criminal (Scott Cooper, 2015)

 

Título original: Black Mass. Dirección: Scott Cooper. País: USA. Año: 2015. Duración: 122 min. Género: Thriller, Drama.  

Guión: Mark Mallouk, Jez Butterworth (basado en el libro de Dick Lehr, Gerard O’Neill). Diseño de producción: Stephania Cellia. Fotografía: Masanobu Takayanagi. Música: Junkie XL. Montaje: David Rosenbloom. Producción: Scott Cooper, John Lesher, Brian Oliver, Patrick McCormick, Tyler Thompson.

Sección Oficial (fuera de concurso) del Festival de Venecia 2015.

Fecha del estreno: 23 Octubre 2015 (España)

 

Reparto: Johnny Depp (James “Whitey” Bulger), Dakota Johnson (Lindsey Cyr), Joel Edgerton (John Connolly), Juno Temple (Deborah Hussey), Benedict Cumberbatch (Billy Bulger),  Kevin Bacon (Charles McGuire), Peter Sarsgaard (Brian Halloran), Jesse Plemons (Kevin Weeks), Rory Cochrane (Steve Flemmi), Julianne Nicholson (Marianne Connolly), Adam Scott (Robert Fitzpatrick), David Harbour (John Morris), Jeremy Strong (Josh Bond), W. Earl Brown (Johnny Martorano), Brad Carter (John McIntyre),  Corey Stoll (Fred Wyshak).

 

Sinopsis:

Boston, años 70. El agente del FBI John Connolly convence a Whitey Bulger, un mafioso irlandés que acaba de salir de la cárcel, para que colabore con el FBI con el fin de eliminar a un enemigo común: la mafia italiana. Esta nefasta alianza provoca una espiral de violencia que permite a Whitey eludir el control de la ley, consolidar su poder y convertirse en uno de los más implacables y poderosos gangsters de la historia de Boston.

 

Comentarios:

Jimmy “Whitey” Bulger probablemente sea uno de los delincuentes más populares de Estados Unidos. Nacido en 1929 de ascendencia irlandesa, llegó a alzarse al frente del llamado Winter Hill Gang en Boston, consolidándose en los años 70 y 80 en torno al tráfico de drogas, al apoyo al IRA y a otras actividades clandestinas. Y lo hizo en gran parte gracias al beneplácito del FBI, a cambio de información que permitiese la detención de la cúpula de la mafia italiana, rival en los negocios de Bulger. Éste se convirtió así en un confidente de las fuerzas del orden, en particular debitado por la intermediación y protección del agente John Connolly. Pero esta alianza no podía sino resquebrajarse ante el ansia de poder del tal “Whitey” y lo irregular de la operación acordada, de manera que en los años 90 la prensa se hizo eco de dicha colaboración y la justicia dejó de ignorar los crímenes de Bulger. Tras el arresto de sus asociados, él pudo huir y convertirse en fugitivo y hombre más buscado del FBI, hasta ser finalmente detenido en 2011, con 81 años ya cumplidos. Casi podría hablarse entonces de un raro caso de crimen sin castigo, por su retraso y su insuficiencia ante la oleada de asesinatos y extorsiones que marcaron la carrera de este personaje, con la complicidad de una sociedad corrupta que en la capital de Massachusetts adquiere en esta historia connotaciones nacionalistas que parecen legitimar incluso más la empresa de Bulger. Sin embargo, su castigo sí estaría presente a lo largo de su vida, típico exponente por lo demás del esquema del ascenso y la caída, y no resultaría tan distinto de la confinación entre rejas. Y es que no sería otro que el de su soledad. Desconfiado de sus amigos y temido por ellos, sin familia cercana fuera de un hermano senador y por tanto visiblemente ajeno a sus fechorías, el protagonista de esta historia no alcanzaría apenas ninguna realización personal entre sus prójimos.

Con este aliento trágico o al menos retraído es como lo interpreta Johnny Depp en la adaptación que de este drama ha dirigido Scott Cooper tras las interesantes Out of the Furnace (2013) y Corazón rebelde (Crazy Heart, 2009). Sus dos anteriores películas muestran que este joven cineasta sabe extraer interpretaciones impactantes de actores con experiencia, y permite que Depp recupere buena parte del crédito que había perdido estos últimos años. De hecho, puede que este año combine una nominación al Óscar por su papel aquí, y otra al Razzie por el de Mortdecai (David Koepp, 2015). El otro nombre propio e incluso coprotagonista de este relato, John Connolly, corre a cargo de Joel Edgerton, que está a la altura de Depp con una interpretación igual de intensa y trabajada. Además, el reparto cuenta con otras caras conocidas como la de Benedict Cumberbatch dando vida al hermano de Bulger, o la de Kevin Bacon al frente del FBI. En cualquier caso, empezar esta reseña refiriéndonos a los personajes y sus intérpretes no es casual, pues conviene adelantar que el enfoque de Cooper pretende ser más intimista de lo que acostumbra el cine de este género. No es una coincidencia que la película arranque con un prolongado primerísimo primer plano de uno de los secuaces del capo de Boston, al que ahora acusa tras conocerse sus implicaciones con la policía. A partir de ahí, el metraje va alternando ese espacio presente, en que varios antiguos conocidos testimonian ante un servidor del departamento de justicia sobre su relación con Bulger; y dicha relación, a la que asistimos en tres bloques de flashbacks en las citadas décadas de los 70 y 80. Pero salvo unas breves panorámicas de localización de la ciudad y el contexto, el tiempo apenas parece transcurrir en los decorados cerrados en que se sitúa la narración, rodados con una puesta en escena elegante, incluso refinada, que contrasta con la suciedad y turbiedad de los personajes que la pueblan, como también lo haría la memorable y casi épica música de Junkie XL.

 


De hecho, durante los años que transcurren en pantalla estos individuos no parecen envejecer, inmunes a los cambios de su época. Pero, y con ello entramos ya en un elemento negativo, sus motivaciones y conflictos tampoco evolucionan demasiado. Black Mass apuesta como hemos dicho por una escala más reducida o al menos compacta de la habitual, lo cual debería permitirle a sus guionistas y director profundizar en sus componentes. Pero no se acierta a lograr un equilibrio entre una narrativa que recorre varias periodos y sucesos, con su inevitable estructura episódica; y la historia de unos pocos personajes ligados por vínculos estables de sangre y lealtad. En este sentido, por ejemplo, en varias ocasiones se nos informa de que Bulger y Connolly crecieron juntos desde jóvenes, en el mismo barrio, y por ello se ayudan mutuamente desde los dos lados de la legalidad. Pero son datos esporádicos que, si bien justifican inicialmente su peculiar relación, no aportan casi nada en cuanto a su caracterización ni están suficientemente explotados. Connolly hace contadas referencias a su pasado junto a Bulger, pero ello no sirve para dotar a su trato de un vínculo que vaya más allá de lo profesional. O de lo estrictamente criminal, como reza el subtítulo de la cinta en español. Echamos así en falta algo que nos permita conocer mejor sus cavilaciones y dejarnos absorber en mayor medida por ellas. Por poner otro ejemplo, también es significativo que las mujeres respectivas de los dos protagonistas desparezcan de repente en cuanto se adivina una crisis: en vez de ahondar en el drama introspectivo del matrimonio, resulta que las esposas se instrumentalizan en aras a una visión más general que, por el enfoque ceñido de la película, no se vislumbra con claridad. Es más, Cooper quiere alcanzar una atmósfera distintiva, como hemos dicho, y desarrollarla a lo largo de escenas medidas en que los planos respiran adecuadamente, como muestra la duración de éstos y sus contraplanos durante las conversaciones o acciones de los personajes. Pero esta notable intención artística tiene el efecto adverso de impedir que la narrativa progrese con satisfacción, al detenerse más bien en una sucesión de secuencias a veces inconexas cuyo resultado global sólo se nos aparece tarde y parcialmente. En definitiva, estamos ante un producto con fuertes cualidades, que debería satisfacer a todo entusiasta del género, pero que no consigue escapar de cierta contradicción entre su planificación técnica y las exigencias de su historia. (Ignacio Navarro Mejía)

Recomendada (con reservas).




miércoles, 4 de noviembre de 2015

Slow West, de John Maclean



Título original: Slow West. Dirección y Guión: John Maclean. País: Reino Unido y Nueva Zelanda. Año: 2015. Duración: 84 min. Género: Western, Drama. Producción: Irain Canning, Rachel Gardner, Conor McCaughan y Emile Sherman. Fotografía: Robbie Ryan. Música: Jed Kurzel. Montaje: Roland Gallois y Jon Gregory. Estreno en España: 16 Octubre 2015.
Intérpretes: Michael Fassbender (Silas Selleck), Kodi Smit-McPhee (Jay Cavendish),  Ben Mendelsohn (Payne), Brooke Williams, Rory McCann (John Ross), Jeffrey Thomas, Caren Pistorius (Ross), Kalani Queypo, Stuart Martin, Tawanda Manyimo,  Madeleine Sami, Michael Whalley, Andrew Robertt, Erroll Shand, Ken Blackburn.

Sinopsis:
Jay (Kodi Smit-McPhee) es un joven aristócrata escocés que, en pleno siglo XIX, llega al viejo Oeste americano para emprender un viaje que le permita reunirse con la mujer que ama. En el camino se cruza con un misterioso y tramposo forajido (Michael Fassbender), que se ofrece a acompañarle en su aventura.

Kodi Smit-McPhee y Michael Fassbender

Comentarios:
Celebramos el estreno en nuestra ciudad de un western, cosa extraordinaria en nuestros días. Pero ha sido este género el elegido por el debutante Jon Maclean y nosotros lo celebramos. Apostar por un western en nuestros días es muy arriesgado. Maclean, músico convertido en guionista y realizador, comenzó sus pinitos cinematográficos en el mundo del corto con “Mano on a Motorcycle” y “Pitch Black Heist”. Con esta ópera prima ha obtenido el Gran Premio del Jurado en el Festival de Sundance 2015.
El joven Jay Canvendish (Kodi Smith-McPhee) se embarca en 1870 en el viaje de su vida al abandonar su Escocia natal para buscar por los extensos territorios de Colorado a la chica de sus sueños, Rose Ross (Caren Pistorious). Pero el soñador adolescente ignora que el Oeste es un lugar lleno de peligros, y en cierto modo su creencia es que con la luz de su corazón como guía será capaz de llegar a cualquier parte. Cavendish guarda un secreto… En el camino se cruzará con el solitario cazador de recompensas Silas Selleck (Michael Fassbender), que se ofrecerá a hacerle de escolta por un trayecto donde la muerte acecha detrás de cada árbol y debajo de cada piedra, y le ayudará a buscar a Rose. Pero a su vez, Silas guarda también su propio secreto…
Aunque Slow West es el debut en el largometraje de John Mclean, el director había debutado como director de videoclips de dos grupos de los cuales formaba parte y había dirigido ya a Michael Fassbender en un par de cortometrajes, uno de ellos (Pitch Black Heist) ganador de un premio Bafta. Su amistad con el popular actor propició que Fassbender accediera a colaborar en la producción de su puesta de largo, reservándose uno de los papeles protagonistas de la función. El resultado de la colaboración entre ambos ha dado lugar a un western con un fuerte aroma a cine independiente –fue exhibida en el último Festival de Sundance con gran éxito y gran premio del jurado incluido-, con la vista puesta en los hermanos Coen, en la búsqueda de un tono silencioso y en ocasiones hasta apagado, deliberadamente poco espectacular (excepto en su parte final) y centrado en el desarrollo de sus dos personajes principales.
Javier J. Valencia continua señalando que es en este aspecto donde radica la mayor fuerza de la película, al ir desgranando las verdades ocultas de los dos protagonistas paralelamente a su trotar por un territorio salvaje e inhóspito, condición medida con precisión por parte de Mclean. A medida que los dos viajeros descubran de cara al espectador un matiz más de su personalidad, o se nos revele algo sobre la auténtica condición de ambos, un nuevo hándicap, ya sea en forma de violencia, de robo o simplemente de la furia de la naturaleza se aparecerá ante ellos, hasta llevarnos –despacio, como dice su título, pero no por ello sin ausencia de nervio e intranquilidad- hasta su explosivo desenlace. A su vez, ofrece una curiosa vuelta de tuerca a lo que puede esperar el espectador que crea que está recorriendo lugares comunes durante el metraje: no resulta ser el viaje iniciático de quién se pueda pensar en un primer momento… en un giro inesperado, y particularmente brillante.
No busca el virtuosismo ni la excelencia, como si se enorgulleciera de ser una película sencilla. Evita –y se agradece- el academicismo de las óperas primas y el “homenaje al género”, que puede resultar tan cansino, y se esfuerza en potenciar el drama de los dos protagonistas (y más adelante de la joven Rose y de su noble padre, al que da vida Rory McCann, el Perro de Juego de tronos), convertidos en la verdadera causa y efecto de todo cuanto sucede… y de cuanto ha sucedido y está por suceder.


lunes, 2 de noviembre de 2015

Ozu, testigo de la historia

Cuando se afirma que el cine es un reflejo de la historia, suelen acudir a la memoria películas que se centran en los grandes acontecimientos del pasado y en los personajes –reyes, generales, líderes religiosos y políticos– que los protagonizaron.  Otras veces –es cierto– los protagonistas no son los grandes nombres de la historia sino personajes, reales o de ficción, que vivieron esos hechos históricos en sus vidas particulares.  En ambos casos, sin embargo, se suele utilizar, con matices, la etiqueta de “cine histórico” por importar la Historia, con mayúsculas, más que la peripecia individual, y ser aquella, en definitiva, la que se pretende llevar a la pantalla: una guerra, una revolución, un reinado o cualquier clase de acontecimiento político.  


Sin embargo, y aunque parezca paradójico, este “cine histórico” no tiene por qué ser el mejor espejo de la historia.  Hay un cine estrictamente contemporáneo de lo que narra, más interesado en el hombre que en sus circunstancias, que, precisamente por su verdad, refleja con mayor exacitud, con mayor lucidez e incluso con mayor dramatismo, un proceso histórico de transformación.  El cine de Yasujiro Ozu es un ejemplo sobresaliente.

Fotograma de "El hijo único" (1936)
La única incursión de Ozu en el género histórico “en sentido estricto” –conocido por los japoneses como jidai-jeki– fue curiosamente su primera película, hoy perdida, “La espada de la penitencia” (1927).  Después de aquella experiencia, se consagró por entero al cine de tema contemporáneo o gendai-jeki, al que pertenecen sus cincuenta y tres películas restantes (treinta y una conservadas completas).  En sus comedias, en sus dramas (comedias que son dramas y dramas que son comedias, como la vida real que reflejan), Ozu se consagró como retratista de la vida cotidiana de la gente corriente, a lo que desde Unamuno hemos venido en llamar la “intrahistoria”.  Sus argumentos, aparentemente insignificantes, se centran en los problemas esenciales de la vida humana –de ahí su universalidad–, y abarcan entornos sociales que van desde los ambientes estudiantiles de los trabajos de juventud (Me he graduado pero…, 1929) y los humildes e incluso marginales de las películas anteriores a la guerra (La esposa de la noche, He nacido pero…, Un albergue en Tokio) hasta la burguesía y la clase media de Hermanos y hermanas de la familia Toda y la serie completa de sus obras maestras de la posguerra desde Primavera tardía (1949). 




Justo por esa atención a lo cotidiano, por esa capacidad para captar en lo irrelevante el paso del tiempo, de intuir en lo minúsculo el universo entero –de acuerdo con el espíritu del zen– y por hacerlo con un estilo depurado hasta el límite –sobre todo en su etapa final– y con argumentos que se suceden una y otra vez como variaciones sobre un tema principal, Ozu es tenido desde hace tiempo por la crítica como el gran cronista del Japón de la primera mitad del siglo XX.  Su etapa silente (que abarca hasta El hijo único, su primer sonoro, de 1936), incluso desde los primeros filmes –muy dependientes aún de sus modelos americanos–, plasma los sueños rotos del Japón Meiji y la miseria social que acarreó la crisis del 29.  Sin embargo, aparte de un par de películas centradas sobre los desastres de la guerra, Ozu es universalmente conocido por los trabajos que siguieron durante los años cincuenta a Primavera tardía, que son el testimonio más completo y profundo de la brusca evolución de los viejos modelos feudales de Japón a la tecnificación y el individualismo del mundo desarrollado. 


"Cuentos de Tokio" (1953)


Pero el relato de los acontecimientos, la historia factual, en el sentido tradicional, en las películas de Ozu no pasa de ser una simple alusión, un marco que envuelve a los personajes y le da sentido a sus dramas pero que jamás se aborda de manera explícita, sino que se insinúa a través de detalles y referencias oblicuas.  Y más allá de todos los símbolos que anuncian el paso del tiempo, como los trenes que atraviesan sus paisajes o las chimeneas de las fábricas de Tokio, el microcosmos que ocupa el lugar central en el Ozu maduro, en el que adivinamos todo el universo de Japón, es la familia tradicional, a cuya desintegración asistimos desde una mirada tan melacólica –el pertinaz mono no aware del alma japonesa, el mismo que impregna las maravilloss estampas de los siglos XVIII y XIX– como casi ajena a todo juicio de valor. 




Cuentos de Tokio, Primavera tardía, Comienzos del verano, El otoño de los Kohayagawa, El sabor del sake…, los ancianos se quedan solos, los hijos –voluntaria o involuntariamente– se desvinculan de los padres, las mujeres se emancipan, las empresas familiares son absorbidas por las grandes corporaciones, y, en general, el viejo mundo de lentitudes y rituales cede su espacio a las urgencias de la sociedad desarrollada, con su libertad y sus nuevas servidumbres.  Sin embargo, Ozu nunca opina; es testigo mudo de la verdadera historia, la que se revela en la vida de los hombres, y ante ello, a su lado, no nos queda sino contemplar el paso del tiempo mientras apuramos en la penumbra nuestro vaso de sake.