martes, 30 de junio de 2015

Adiós a Christopher Lee



Christopher Lee, archifamoso por su papel de Drácula, falleció hace unos días a los 93 años en un hospital de Chelsea a causa de un problema respiratorio. La tardanza en comunicar el deceso fue debido a que la viuda quiso avisar antes a todos sus familiares, según The Guardian. Lee no fue solo un intérprete famosísimo gracias a encarnar en el siglo XX al vampiro más popular para la productora Hammer, sino rentable y taquillero en este siglo por sus papeles de conde Dooku en la saga de Stars Wars y de Saruman en El Señor de los Anillos. Además encarnó a Francisco Scaramanga en El hombre de la pistola de oro en la saga Bond.

Nacido el 27 de mayo de 1922 en Londres, en el aristocrático barrio de Belgravia, su elevada estatura (1,96 metros) le permitió mostrar en el cine un físico impresionante, sobre todo en papeles de malos. De familia de clase alta, su padre era teniente coronel de la Guardia Real británica y su madre, la condesa Estelle Mari Carandini di Sarzano. Su infancia, tras el divorcio de sus padres, transcurrió en Suiza. De vuelta a Londres su madre se casó con el banquero Harcourt Ingle Rose, tío de otro mito del siglo XX, el escritor Ian Fleming, creador de Bond. Tras viajar por media Europa -aseguraba, por ejemplo, que había asistido a la última ejecución pública en Francia-, en la Segunda Guerra Mundial sirvió con éxito en el ejército (participó en operaciones secretas), y acabó hablando francés y alemán.

Considerado uno de los grandes actores del cine, comenzó su carrera en 1947, en La extraña cita, de Terence Young. Y aunque no paró de trabajar, durante toda su carrera participó en 250 producciones, su fama no le llegó hasta finales de los años cincuenta cuando entró en la productora Hammer y dio vida al conde Drácula en la veintena de películas que realizó junto a Peter Cushing. De su caracterización del chupasangre, dijo Fernando Savater que era "un demonio carnívoro, con ímpetus brutales hacia los jugos de la vida". Aun así, su primer filme en la Hammer no iba de vampiros, sino que encarnaba al monstruo de Frankenstein y Cushing, a Víctor Frankenstein en La maldición de Frankenstein.
 

En los sesenta y setenta fue uno de los rostros más conocidos de la pantalla gracias a La momia, El perro de los Baskerville, Medusa, Rasputín: el monje loco y a todo tipo de Dráculas, incluido los dirigidos por Jesús Franco, que también le tuvo en la saga Fu Manchú: "Cómo nos reíamos", recordaba Lee. "Tenía un talento increíble, pero nunca un presupuesto decente. Así que usaba constantemente el zoom para no enseñar mucho. Con más dinero hubiera llegado más lejos. Y cómo nos lo pasábamos. Un día rodando en el club de golf de La Manga, yo estaba cubierto completamente de sangre y heridas purulentas, y decidí entrar así al bar del club. Me apoyé en la barra y le solté al camarero: 'El hoyo 18 es un hijo de puta [en español]'. Nos lo pasábamos muy bien". También rodó con otro español: con Pere Portabella hizo Cuadecuc, vampir (1970) documental con aires a Nosferatu, un primigenio making of de El conde Drácula, de Franco.


El final de los setenta y los ochenta fueron los del encasillamiento. Junto a buenos trabajos como La vida privada de Sherlock Holmes, El hombre de la pistola de oro o Los tres mosqueteros, rodó todo tipo de películas de terror, comedias y series de televisión. "Mi mejor actuación fue en Jinnah [biopic de 1998], cuando interpreté a Muhammad Ali Jinnah, fundador de Pakistán. ¿Mi mejor película? El hombre de mimbre (The wicker man), de 1973", contó en varias ocasiones.

A pesar de aparecer en Loca academia de policía, de estar en 1941 o en la saga de los Gremlins, Lee parecía en franca retirada hasta que tres hechos salvaron y relanzaron la carrera: su amistad con Tim Burton, que Lucas le llamara para las tres películas de Star Wars que conformarían la trilogía inicial, y que Peter Jackson le fichara como Saruman en El Señor de los Anillos. Con Burton rodó Sleepy Hollow, Charlie y la fábrica de chocolate, La novia cadáver, Alicia en el país de las maravillas y Sombras tenebrosas. En cuanto a Lucas, cuentan las leyendas, llamó Dooku a su personaje en Star Wars como recuerdo sonoro a Drácula.

Entre sus últimos trabajos -junto a su retorno a la Hammer con La víctima perfecta (The resident) (2011), su colaboración con Scorsese en La invención de Hugo, o Tren de noche a Lisboa, de Bille August- está su labor de actor de doblaje en Extraordinary tales (2015), de Raúl García, con la que el animador español ha ilustrado las mejores historias de Edgar Allan Poe.

Tras una carrera tan longeva, ¿qué le quedó por hacer? "Don Quijote", contaba en una entrevista en 2009. "¿Podría el público español aceptarme en ese personaje? Es un sueño, y desgraciadamente estoy sobrepasando por muy poco su edad. Tengo desde luego su cara y entiendo perfectamente su comportamiento. Un hombre de gran fuerza, que trata a cada mujer como si fuera una princesa. Una historia maravillosa". Y aseguraba: "Vivo en el presente, no en el pasado. No estoy anclado en casa recordando mis décadas de trabajo. A los actores jóvenes siempre les digo 'Hazlo lo mejor que puedas'. Es mejor ser profesional que tener talento. He trabajado con los peores y los mejores directores. En varias ocasiones me he planteado qué hacía yo en el plató. Sin embargo, nunca me he largado de un filme, incluso cuando me engañaron con los nombres de mis compañeros de reparto". Una lesión en la espalda en el rodaje de The wicker tree, secuela de The wicker man, paró un poco su ritmo vital. En The Guardian contaba en una entrevista: "Hacer películas no es mi trabajo, sino mi vida. Me interesan muchas cosas fuera del cine: canto, escribo libros... pero actuar es lo que me mantiene en marcha, el propósito de mi vida".

Lee en El señor de los anillos
Entre esas pasiones, destacaba su afición por la música heavy, que le llevó incluso a colaborar con los grupos Rhapsody of Fire o Manowar gracias a su voz grave y a grabar el álbum de heavy metal sinfónico Charlemagne: The Omens of Death. Ya había grabado antes, en 2006, Revelaciones, disco que tenía peculiares versiones de clásicos como My way de Frank Sinatra y de Noche de paz.

Su yerno, gallego, llevó en los últimos años su carrera de manera férrea, sacando buen partido a su web y a su legión de seguidores: "Me dijo que dejara de firmar autógrafos, ¡los subastan por Internet a 600 dólares! Incluso escanean mi firma y la pegan a otras fotos".
Gregorio Belinchón

lunes, 29 de junio de 2015

Lejos del mundanal ruido (2015), de Thomas Vinterberg



Título original: Far from the madding crowd. Dirección: Thomas Vinterberg. Países: USA y Reino Unido. Año: 2015. Duración: 119 min. Género: Drama, romance. Guion: David Nicholls; basado en la novela de Thomas Hardy. Productor: Andrew Macdonald y Allon Reich. Música: Craig Armstrong. Fotografía: Charlotte Bruus Christensen. Montaje: Claire Simpson. Estreno en España: 12 Junio 2015.
Intérpretes: Carey Mulligan (Bathsheba Everdene), Matthias Schoenaerts (Gabriel Oak), Michael Sheen (William Boldwood), Tom Sturridge (sargento Troy), Juno Temple (Fanny Robbin).

Sinopsis:
Narra la historia de la independiente, bella y testaruda Bathsheba Everdene, la cual enamora a tres pretendientes muy distintos: Gabriel Oak, un ganadero dedicado a la cría de ovejas, cautivado por su atrayente terquedad; Frank Troy, un apuesto y  temerario sargento; y William Boldwood, un soltero rico y maduro. El inmortal relato de las pasiones y los dilemas de Bathsheba examina la naturaleza de las relaciones y el amor, así como la facultad humana de superar las dificultades por medio de la capacidad de recuperación y la perseverancia.

Carey Mulligan y Matthias Schoenaerts

Comentarios:
Lejos del mundanal ruido es la nueva adaptación al cine del clásico literario del novelista y poeta inglés Thomas Hardy, que ya conoció una versión en 1967 de la mano de John Schlesinger con Julie Christie, Terence Stamp, Peter Finch y Alan Bates como protagonistas. Esta vez el encargado de llevar la historia de Bathsheba Everdene a la gran pantalla es el prestigioso director danés Thomas Vinterberg, autor de títulos como “Celebración”, “La caza”, “Submarino”, “Querida Wendy” e “It’s all about love”.
“Para emprender una nueva línea de conducta, siempre es necesario vencer una inercia; y eso no solo se observa en las personas, sino también en los acontecimientos, que parece como si se coligaran para rechazar toda innovación en sentido de mejora”, escribió Thomas Hardy en Lejos del mundanal ruido. La doble teoría sobre el ser y el cambiar, sobre lo que hay y lo que vendrá, desde nosotros y desde el azar, la concibió Hardy en 1874, pero quizá siga vigente. En la vida, en su novela y en la magnífica versión cinematográfica que ha compuesto Thomas Vinterberg, donde los personajes están abrochados por la independencia y la dignidad, la personalidad y el razonamiento, y sin embargo siempre hay un momento en que se mueven a golpe de impulso irracional, sobre todo en el amor. Pero, ¿qué son el amor y el deseo, sino algo irracional que vence una inercia?
Continuamos con la crítica de Javier Ocaña, donde nos habla de cómo Hardy concibió una de las primeras novelas feministas de la historia, antes de que el concepto llegara a la sociedad para instalarse. John Schlesinger y Frederic Raphael, director y guionista del primer gran acercamiento cinematográfico, lo supieron ver en su versión de 1967. Y David Nicholls y Vinterberg, en la presente, lo han matizado. La heroína Bathseba Everdene, con el soberbio trabajo de Carey Mulligan detrás, resulta aún más refinada e independiente, sin los visos de vanidad y capricho, también de fuerza, de la Julie Christie de Schlesinger. Al tiempo, el segundo y tercer vértices de este cuadrangular amoroso, el pastor que interpreta el belga Mathias Schoenaerts y el rico hacendado que guía Michael Sheen, resultan también más dignos, lo que quizá convierta a esta adaptación en más confortable y a la de los sesenta en más molesta en la imperfección de sus criaturas, aunque ambas igual de emocionantes.
Bellísima en sus maneras clásicas, y casi 45 minutos más corta, con una poda sobre todo en la parte final que no enturbia el conjunto, esta versión nueva de Lejos del mundanal ruido agolpa de tal modo los acontecimientos, su desasosiego y su esplendor, que el único problema, bendito problema, podría ser que hay demasiadas escenas climáticas. Posesión y virtud; impulso y desazón; dolor, amor y hasta un punto de necrofilia, se agolpan en un placer para almas desbocadas.


viernes, 26 de junio de 2015

Phoenix, de Christian Petzold



Título original: Phoenix. Dirección: Christian Petzold. País: Alemania. Año: 2014. Duración: 98 min. Género: Drama. Guion: Christian Petzold, con la colaboración de Harun Farocki; basado en la novela “Regreso de las cenizas”, de Hubert Monteilhet. Producción: Florian Koerner von Gustorf y Michael Weber. Música: Stefan Will. Fotografía: Hans Fromm. Montaje: Bettina Böhler. Estreno en España: 4 Junio 2015.
Intérpretes: Nina Hoss (Nelly Lenz), Ronald Zherfeld (Johannes “Johnny”), Nina Kunzendorf (Lene Winter), Michael Maertens (Arzt), Imogen Kogge (Elizabeth), Eva Bay (Tanzerin).

Sinopsis:
Junio de 1945. Nelly, una superviviente de Auschwitz, regresa a su Berlín natal gravemente herida, con la cara destrozada, acompañada por Lene, de la Agencia Judía y amiga suya antes de la guerra. Poco tiempo después de pasar por una traumática operación de reconstrucción facial y a pesar de las advertencias de su amiga, Nelly se empeña en buscar a su marido Johnny, el amor de su vida.
 
Fotograma de Phoenix
Comentarios:
A principios de junio aterrizaba por la cartelera sevillana una producción alemana ganadora del Premio Fipresci en el Festival de San Sebastián 2014. Phoenix, un drama sobre el holocausto nazi, obtuvo también en los Premios del Cine Alemán un reconocimiento a la labor de Nina Kunzendorf como actriz secundaria en esta fascinante obra.
Christian Petzold, su director, nació en Hilden, Alemania y se graduó de la Academia Alemana de Cine y Televisión de Berlín. Sus películas incluyen The state I am in (2000), Yella (2007) Jerichow (2008) y Bárbara (2012). Phoenix es su más reciente película.
Recurramos a la opinión del excelente crítico Luis Martínez para descubrir lo que nos propone este director alemán: Christian Petzold: un juego, un juego desalmado. 'Phoenix', nos cuenta la historia de una mujer vacía, extraña de sí misma, sin identidad, sin alma. Desalmada pues. Su intención no es otra que mostrar la mayor de las crueldades. Y hacerlo desde la frialdad de un papel en blanco. La película, dígase ya, es tan profundamente bella como incómoda. Tan demoledora como tierna. Lúcida y brutal. Extraña en su desconcertante familiaridad. Eso, además de contar con uno de los más conmovedores finales que ha visto el cine reciente.  
Situémonos. Acaba la Segunda Guerra Mundial, y una mujer (judía, para más señas) vuelve de los campos de concentración con el rostro desfigurado. Un médico se lo reconstruirá hasta convertirla en otra persona. Su amiga y ángel de la guarda la invita a huir a Palestina o a Estados Unidos, a alejarse de esa Alemania brutal que la ha transformado en un ser extraño, sin cara y desalmado; un zombi en un paisaje desolado, en un paisaje de muertos en vida. Ella se resiste. Quiere saber por qué le pasó lo que pasó. Quiere reencontrar a su marido, a su familia... Quiere volver a ser ella. Quiere su alma.
De nuevo, Nina Hoss, la actriz más rubia, alta y con los ojos más abiertos que ha dado Alemania se pone en manos de Petzold (son ya seis veces) para narrar una historia de fantasmas, de seres ausentes. "Lo que me llama la atención es las pocas veces que los alemanes hemos pedido perdón por aquello. Si lees el informe que se redactó por Austwitz donde hay mil declaraciones de alemanes nunca lees que nadie diga un triste 'lo siento' o, en plural, 'lo sentimos'", dice el director para justificar el propósito de todo esto. Y añade: "Tengo la impresión que la historia reciente de Alemania es una historia de fantasmas".

Fotograma de Phoenix

De una forma u otra, la figura del fantasma, del personaje desposeído que vaga por un mundo ajeno, preside toda la filmografía del director más interesante de la llamada Escuela de Berlín. Y es ahora en 'Phoenix' cuando el camino que le ha llevado por retratos tan desolados de la identidad (y su pérdida) como 'Yella' o 'Barbara' cobra toda la profundidad y hasta el sentido.
La protagonista encuentra a su marido, pero éste no la reconoce. Es más, en un juego fundamentalmente cruel, el hombre, antes pianista y ahora un individuo sin empleo y desesperado, le pide a la recién llegada que interprete el papel de su mujer desaparecida. El objetivo es hacerse con su herencia. Sólo si demuestra que ella está aún viva podrá tener acceso al dinero. Y así, ésta se verá obligada a hacer de sí misma fingiendo ser otra. Si se lee dos veces se entiende. Todo ello por descubrir la verdadera naturaleza del que antes fuera su amante, de su familia, de su pueblo y, de paso, de la propia condición del ser humano; del ser humano con alma.
Si la película arranca como uno de los sueños que envenenan la filmografía de George Franju (recuérse 'Los ojos sin rostro') poco a poco se transforma en un ser mutante y tan colérico como cada gesto de Rainer W. Fassbinder. Eso o Douglas Sirk. Eso, o ya puestos, el propio Almodóvar.
Como si se tratara del melodrama que Camus no se atrevió a redactar, la mujer pasea su vacío deslumbrada por la misma navaja que cegó a Meursault. Y en su silencio forzoso, en su desalmado caminar por un paisaje que antes fue su casa, descubre la crueldad de todos los seres con alma. Dejó escrito Camus: "¡Quién necesita piedad sino aquellos que no tienen compasión de nadie”. Y en esas palabras selló el destino del siglo entero.
Échenle un vistazo a la cinta, no defraudará.