lunes, 24 de junio de 2013

Mitomanía... MARLON BRANDO





Extravagante para unos, genial para otros, Marlon Brando no admite las adhesiones tibias. Las fotografías infantiles nos lo muestran como un niño de mirada penetrante, con unos ojos lleno de inteligencia y rebosantes de decisión, y todos esos rasgos lo acompañaron hasta el final.
Había nacido un 3 de abril de 1924 en Omaha, y fue desde el comienzo un caso difícil, una persona sensible, incapaz de soportar la mediocridad de una ciudad provinciana, las tensiones familiares, las reglas del sistema escolar o de la academia militar donde su padre lo matriculó. Omaha podía ser terriblemente aburrida y Brando dio el salto a New York, al paraíso de la libertad. Intentó ser batería, trabajó de lavaplatos, de ascensorista, de camionero, de oficinista, hasta que al fin encontró su verdadero camino y empezó a formarse como actor.

Primero las tablas, hasta que su trabajo en Un tranvía llamado deseo le catapulta al éxito, y enseguida al cine. Protagonizará a las órdenes de Kazan la versión de la obra de de William y todos los productores se inclinaron ante su talento. Viva Zapata, Julio César, Salvaje, La ley del silencio, Rebelión a bordo, son muestras de su versatilidad y la prueba de que pocas veces se ha construido un mito sobre tanta calidad interpretativa. Un mito al que se acusó de irascible, de soberbio, de violento, de depravado. Y es que también muy pocas veces un actor atentó tan cruda y directamente contra la moraly las formas de vida del stablishment.
La vida de Brando fue un pulso constante en defensa de su individualidad, de su libertad, una negativa a aceptar lo establecido, una apasionante provocación. Y el pulso lo ganó.
En la década de los sesenta sus apariciones en la pantalla se espacian, la calidad de sus trabajos disminuye. Está más gordo, su cabello escasea, el alcohol y las drogas minan lentamente su salud, parecía acabado. Y de pronto, como una más de sus bromas, se empeña en protagonizar El Padrino, acepta la humillación de una prueba y consigue el papel. 
Brando, el ave Fénix, vuelve otra vez a ocupar las portadas de las revistas, a ser el centro de todos los comentarios. El último tango en París es la prueba definitiva de su resurrección, el escalón que le coloca en la cúspide y le convierte en el actor mejor pagado del mundo.
Cuando una noche de 1975 la apache Pequeña Pluma explica en el gran Auditorio de Los Ángeles que el actor rechazaba el Óscar por su interpretación en El Padrino, el rostro atónito de “todo Hollywood” tenía una traducción bien sencilla: Brando había ganado otra vez.
Os dejamos con ese momento. 

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